La agresividad se caracteriza por el ataque. Puede expresarse contra los otros o contra sí mismo. Una forma muy grave de auto agresividad es por ejemplo el suicidio.

La agresividad es un mecanismo que tenemos para defendernos de aquello que nos puede atacar, es por lo tanto una respuesta frente al peligro.  En este caso es  sano y necesario para una buena adaptación social. Sin embargo existen comportamientos agresivos impulsivos que destruyen al otro y que implican una falta de control personal.

Cuando los impulsos agresivos son muy fuertes se transforman en violencia, en este caso la pulsión de muerte es tan fuerte que lleva a deshumanizar al otro, la víctima ya no tiene rostro, se despersonaliza. La persona entra en un estado donde ya no hay razonamiento posible para parar. La violencia bloquea todo proceso de representación mental, en este estado no hay posibilidad de un intercambio lingüístico. Al no poder atenuar simbólicamente lo que sucede, aparece el acto.

La pérdida de actividad simbólica conlleva a la utilización de la fuerza bruta que puede incluso provocar la muerte de alguien. Cuando hay un paso al acto, la persona ya no piensa, entra en un estado pasajero de locura. En la imposibilidad de poner en palabras una experiencia sucede una especie de corto circuito en el pensamiento. El acto viene  a nombrar aquello que no puede decirse de otra manera, la violencia es una palabra sin vos.

El trabajo con personas violentas implica varios pasos:

-El más importante es que el sujeto debe darse cuenta que tiene un problema: llegado un punto de agresividad pierde el control sobre sus pensamientos y lo único que se permite hacer es actuar.

-El tomar conciencia de esta situación abre la posibilidad de reflexionar sobre los eventos violentos  y lo que representan en su vida, ubicarlos paulatinamente en lo simbólico.

– Entender que no puede hacer daño al otro, imponer una norma que organice. La violencia es una llamada a la ley, no podemos vivir sin normas, sin referentes, sin objetivos. Es esencial nombrar los límites para organizar el pensamiento.

– Ayudar a elaborar la violencia aprendiendo a retrasar el pasaje al acto. Antes de entrar en un estado de no reflexión, ayudarse de mecanismos y técnicas para bloquear la violencia.

– Transformar la pulsión destructiva en fuerza creadora: la sublimación.

-Favorecer  actividades creativas o deportivas. Esto implica un trabajo psíquico importante en el que el psicólogo debe ayudar al sujeto agresivo a salir del impase de ruptura psíquica permitiéndole la elaboración y la transformación del actuar en la capacidad de sentir placer al crear (lo cual  es la base de toda actividad artística, científica, deportiva, ideológica).

Todo este trabajo psíquico permite que se genere en el sujeto violento  un lazo social diferente basado en el conocimiento de sí mismo, del otro, los límites y el respeto.