Partamos por la definición del término seducción: es el acto atraer al otro, de incitar un comportamiento intenso y positivo, generalmente ligado al ámbito sexual.

Cuando una relación empieza generalmente las personas saben cómo hacerlo. La manera de mirar, de actuar, de hablar, de escuchar, de moverse y hasta el tono de voz giran en torno al objetivo principal: la seducción.  En este proceso existe un interés y una preocupación constante en lo que el otro necesita para inducir su afecto o su atracción. Es en este periodo de enamoramiento que generalmente la comunicación fluye con mucha facilidad pues la mirada gira en torno al otro.  Se dan entonces las largas conversaciones donde se conocen y al mismo tiempo se fascinan mutuamente por lo que el otro dice.

Esta especie de encantamiento generada por la seducción mutua, tiende a terminar. A lo largo del tiempo, una vez que se  consolida la relación, este impulso puede disminuir, y a veces hasta desaparece. El sentir que ya se conocen da seguridad pero al mismo tiempo ya no es novedoso escucharse. A pesar que se haya consolidado un amor mucho más fuerte que al inicio, muchas parejas adoptan una conducta pasiva, ya no hay una búsqueda o un interés hacia el otro.  Se da por hecho muchas cosas y ya no hay que hacer esfuerzos por mirar al otro, la mirada gira en torno sí mismo.  Se descubren las diferencias y empiezan las críticas y las peleas.

Es imposible tener la misma emoción al inicio de una relación que después de 20 años de casados, sin embargo, una de las claves para que la vida íntima funcione y la relación en general también, es mantener siempre cierto grado de seducción. El cuestionar las seguridades y permitirse mirar a la pareja con asombro y admiración, fortalecen un amor ya establecido pues facilita la posibilidad de aceptar las diferencias y al mismo tiempo rompe con una rutina afectiva.