En la actualidad, el aspecto físico es muy importante. La imagen de una persona sana, joven y esbelta se relaciona inmediatamente con el éxito, la seducción y la felicidad. Dentro de la sociedad de consumo nuestro cuerpo se transforma en otro objeto más para vender. Debe ser perfecto, con las proporciones adecuadas, no debe envejecer nunca, ni engordar, no debe tener estrías, arrugas, o marcas de una vida que pasó, no hay espacio para los “defectos”, todo aquello que se sale de la norma debe ser desechado, rechazado.
Son parámetros sociales exigentes y excluyentes que buscan generar un estado constante de angustia. La sociedad de consumo utiliza esta angustia para vender. Surgen entonces los maquillajes, los tintes de cabello, las cremas, las pastillas para adelgazar, las dietas, la moda, los aparatos deportivos, las cirugías estéticas,… y un sinfín de otros aspectos que nos empujan a tratar nuestro cuerpo con una cosa comercial, que se asemeje a cualquier costo al ideal.
Sin embargo aquello que nos venden no existe. Nuestro cuerpo es defectuoso y siempre lo será porque, desde su origen está atravesado por la falta. La perfección para los seres humanos no existe. Todo lo que somos, pensamos o hacemos está construido en el lenguaje, es decir en la subjetividad, en el malentendido, en las múltiples interpretaciones, en los límites, en el error.
Es por eso que la lucha por tener un cuerpo perfecto, es una lucha perdida desde el origen, y por lo tanto la angustia siempre va a estar ahí. A veces, el vacío es tan desesperante, que la única manera de disminuirlo es comiendo. A través de la comida tratamos de llenar un agujero negro. Y entre más engordamos, más lejos nos sentimos de ese ideal imposible y por lo tanto, sentimos más angustia y comemos más.
Siempre ha existido un ideal imposible de acceder, y generalmente es aquello que nos impulsa a ser mejores. La gran diferencia en la actualidad que deprime y nos lanza a una angustia asfixiante, es la noción de ser un objeto desechable. Dentro de la sociedad de consumo, aquello que no sirve se bota. El objeto de deseo busca una satisfacción inmediata, de no hacerlo, es desechado. Esto ya no solo implica objetos, sino también relaciones humanas dentro de la vida amorosa, familiar, social, laboral.
Es por eso, que los problemas de sobrepeso no deben ser tratados en base a un ideal social muy angustiante. El primer paso es salir de esta trampa social. Aprender a conocernos, a aceptarnos con nuestros defectos, dejar de mirar nuestro cuerpo como un objeto ajeno y comercial, entender que nuestro aspecto físico cuenta una historia: la de nuestra vida y la de nuestros ancestros, es parte de nuestra identidad, de nuestro deseo, del paso del tiempo, es la aceptación de lo que somos en lo más profundo. Únicamente en ese momento la angustia desesperada desaparece, construimos una relación con nuestro cuerpo de mayor aceptación y tolerancia.
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