Los seres humanos, a diferencia de los animales, somos los únicos capaces de hablar, de tener un lenguaje estructurado dentro de una gramática que aprendemos desde una edad muy temprana.  Aprender a hablar es algo mucho más complejo de lo que imaginamos, el momento en que nos introducimos dentro de la estructura del lenguaje, inmediatamente perdemos algo.

Nuestra propia realidad se vuelve simbólica, cada percepción esta atravesada por una palabra y por lo tanto por la manera que tenemos subjetiva de interpretarla. Así perdemos para siempre la posibilidad de acceder a La Realidad. El lenguaje es equivoco, cada palabra está sujeta a múltiples interpretaciones, pero al mismo tiempo se sostiene en el vacío de sonidos que se escapan sin dejar huella. El precio que debemos pagar por estar en el lenguaje es vivir dentro de la falta.

Aquí se abren dos caminos, la falta nos puede evocar frustración, dolor, tristeza, queja. Sin embargo, la fuente del deseo es la falta, es decir que es gracias a esa condición de insatisfacción  que las personas avanzan, aprenden, sueñan, se enamoran, construyen, mejoran.

Aceptar lo que somos nos ayuda a manejar mejor nuestra deuda con el lenguaje, nos permite asumir nuestro deseo y sus implicaciones.

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